A casi ochenta años de distancia de Federico García Lorca, ¿cuántas cosas han cambiado? La mujer estaba resentida con el hombre por estar condenada a ser ama o muñeca de casa y ahora está resentida porque la lucha fuera de casa es desigual, o demasiado parecida, en algunos casos, o porque todavía hay cosas que no cambian realmente. ¿Desde cuándo estamos en lucha? ¿Todavía se mira el bolsillo para saber cuánto y a quién amar? ¿O ahora se mira el grado de locura? Hay que estar algo loco para amar, pero a los locos nadie los quiere. Y están locas todas las mujeres. Todos quieren un pozo donde verter la sed propia, donde verter longitudes. Llámele usted amor o sudor. Llámele usted amor o aguas subterráneas. Amor o grito como de desesperado. Así que no se deje engañar. Todos quieren un amor. Incluso ellas, nosotras. Pero, ¿será cierto que el amor es para siempre? ¿Y las apariencias? ¿Y la moral de dobles y triples caras? La verdad no es lo que importa. Lo que importa es que el otro se entere de que cumples con el ideal, porque el qué dirán es un puñal que no lleva Cirilo grabado en el mango, desangra lentamente: la peor de todas las muertes. Entonces, que se quemen las paredes, que no las traspase nada, que no caigan nunca.
La casa de Bernarda Alba1
(fragmento)
BERNARDA: (…). En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. (…). Mientras, podéis empezar a bordaros el ajuar.
(…)
MAGDALENA: (…) Sé que yo no me voy a casar. Prefiero llevar sacos al molino. Todo menos estar días y días sentada dentro de esta sala oscura.
(…)
MARTIRIO: ¡Qué les importa a ellos la fealdad! A ellos les importa la tierra, las yuntas y una perra sumisa que les de de comer.
(…)
ANGUSTIAS: (…) cuando un hombre se acerca a una reja ya saben por lo que van y vienen, llevan y traen, que se le va a decir que sí.
(…)
ADELA: (…); por encima de mi madre saltaría para apagarme este fuego que tengo levantado por piernas y bocas.
(…)
AMELIA: Nacer mujer es el peor castigo.
(…)
PONCIA: Cuando una no puede con el mar lo más fácil es volver las espaldas para no verlo.
(…)
ADELA: Yo soy su mujer.
(…)
BERNARDA: (…) Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído?
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Referencias:
- García Lorca, Federico. La casa de Bernarda Alba (fragmento). p.15,16,22,31,35,38,46,59,66,67.

